La importancia de trascender, el discurso por excelencia en campañas políticas, publicitarias, frases de perogrullo en deportistas, artistas, coach, entrenadores y una larga lista de personas que no quieren ser olvidadas y que buscan dejar un legado a las futuras generaciones.
Quiero compartir con ustedes un versículo que me explota la cabeza y el corazón y me hace entender cosas tan profundas y reveladoras que otro tiempo no eran más que fallidos y vacíos intentos de comprender la trascendencia, sin Dios.
“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. (Eclesiastés 3:11)
Nada finito puede llenar los infinito, ese anhelo de eternidad que está presente en nuestros corazones no es más que la inconfundible huella de Dios en nuestra alma.
San Agustín de Hipona decía “nos hiciste Señor para ti, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
Esa inquietud acerca de la trascendencia ha rebanado el seso de muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia de la humanidad tratando de explicar aquel desajuste existencial, sin éxito.
Kant mismo lo reconocía, la mente humana tiene una estructura a priori en torno al bien, la belleza y lo eterno.
El texto de Eclesiastés también nos sitúa en una afirmación epistemológica que deja en evidencia que el conocimiento humano es limitado, por un lado se desea lo eterno, pero por otro el ser humano no es capaz de comprenderlo.
Claramente también supone la incomprensiblidad de Dios, “mis pensamientos no son vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9), pero es Dios quien decide revelarse a nosotros a través de su hijo.
Es pues Cristo, la respuesta encarnada a ese anhelo de lo eterno. “ Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25-27).
Si ese anhelo de lo eterno está presente en nuestros corazones es que fuimos creados para esa trascendencia con Dios y la única manera de tener vida eterna es a través de Cristo, Dios mismo hecho carne. Fue su sacrificio en la cruz el que nos reconcilia y nos da acceso a esa eternidad.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3).



